
Detrás de la cortina apolillada una claridad lechosa anuncia la proximidad del alba, me duelen los talones, tengo la cabeza como un yunque y una especie de escafandra me rodea el cuerpo. Ahora mi tarea consiste en redactar el diario de viajes inmóviles de un naufrago encallado en las orillas de la soledad. En un principio, el hospital naval se fundo para acoger a niños enfermos de tuberculosis. En la gran galería del hospital, un busto de mármol blanco recuerda que la emperatriz Eugenia, esposa de Napoleón III, amadrino este establecimiento que el visitaba regularmente. Había una granja de grandes dimensiones, una escuela, y según cuenta la leyenda, un sitio donde el gran Diaguilef hizo ensayar al ballet ruso. Dicen que aquí fue donde Nijinsky realizo el famoso salto que le elevo tres metros en el aire. Pero ahora nadie salta aquí, hoy solo quedan viejos, personas debilitadas o como yo, frígidas y mudas; un batallón de tullidos. A menudo pido que me lleven al lugar que he bautizado como Chinechita, una terraza eternamente desierta que da a un paisaje del que se desprende el encanto poético y desfasado de los decorados de cine. Bajo las zonas unos barracones trasmiten la ilusión de un pueblo fantasma en el lejano oeste. Me gusta contemplar los suburbios de Berck, parecen un decorado para un tren eléctrico de juguete. En cuanto al mar, tiene la espuma tan blanca que parece haber salido de la sección de efectos especiales, pero lo que mas me gusta, es el faro; espigado, robusto y tranquilizador, con su uniforme de rayas rojas y blancas. Me coloco bajo la protección de este símbolo fraternal, que no solo protege a los marineros sino también a los enfermos que el destino ha hecho desviarse hasta los confines de la vida.








